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Poner nombres

Lo de poner nombres es algo extraño.

Por una parte está lo de inventar palabras o estudiar la etimología, la raíz, el origen… Bien. Es divertido, entretenido, fascinante.

Pero yo no me refiero exactamente a eso. Me refiero a la manía que tenemos los humanos de nominar cualquier cosa, sentimiento, acción o circunstancia.
¿¿No puede, esa cosa, sentimiento, acción o circunstancia, sencillamente «ser«?? Y ya está, ser, sin más, sin ponerle un nombre que prejuzgue y perjudique, que nombre, designe, estereotipe, marque, señale, incluya o excluya.

Solía tener una amiga. Esa amiga, que ya no es tal, me dijo un día una cosa que, desgraciadamente, se me quedó marcada para siempre: «Entonces (esas personas de las que hablábamos), son homosexuales». No dije nada. Pero es que mi cabeza empezó a ser un tetris caótico, de esos de nivel 50 donde no puedes ni parpadear. Pero no porque tenga algún tipo de fobia. Sino porque había vivido 24 años (entonces tenía 24) sin etiquetar a nadie. Vivía al margen totalmente. Y tuvo que venir alguien a decirme en qué cajón había que meter a aquella gente.

¿POR QUÉ?

Me pareció grosero, irreverente, irrespetuoso. Meterse en mi cabeza y obligarme a cambiar mis esquemas y mi educación. Os parecerá que era una niña/chica/mujer simple, tonta o que venía de otro mundo… Vale, tal vez lo último case mejor, debo venir de otro mundo. Porque a mí ninguno de mis educadores (padres, familia, maestros, profesores… -dejemos de lado a los medios, por favor-), me dijo jamás «Fulanita es lesbiana y se acuesta con mujeres«. ¡Venga, hombre, por favor!

Nadie me obligó, ni me forzó, a inventarme una nueva carpeta en mi sistema donde meter a la gente. Nadie me obligó a etiquetar hasta aquél día. Y para mí fue un shock. Entendedme. No porque me diera cuenta de que efectivamente eran homosexuales. ¡En absoluto! Sino porque no tenía carpeta. Se me creó sola, sin pedirme permiso de creación, sin necesitarla, ni quererla. E hice un esfuerzo increíble para borrarla y seguir como hasta entonces, como había estado durante 24 años de mi vida, mi vida entera.

Yo no necesito saber si eres homosexual, bisexual, heterosexual, negro, blanco, rojo o amarillo. No me interesa. Ni quiero saberlo. Menuda vergüenza. A mí me interesas como persona. Como Ser. A quién quieres. Por quién te preocupas. Cuál es tu origen, tu historia, tus motivaciones, tus sueños, tus inquietudes, tu vida. Qué piensas, qué opinas o qué sientes.

No sé, siquiera, si me estoy explicando o si estoy transmitiendo justo lo que está en mi cabeza. Pero sí sé que por etiquetar, mucha gente ha muerto, ha sufrido y no ha tenido ni tiene los mismos derechos y libertades de las que yo gozo.

Mi madre me habló el otro día de un anuncio, elucubraba con mi padre sobre él y yo no les podía dar una solución porque aún no lo había visto. «Mi amiga Nerea«, se llama, de Mercedes. Después de verlo tengo respuesta. Está bien porque les respondo a ellos acerca del spot y me reafirmo en lo que siento/pienso sobre lo que os he contado antes.

Me sentí como el niño protagonista. ¿A mí qué más me da si mi amiga Nerea es negra?
Yo sólo sé que Nerea es mi amiga.